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A una gata negra

"Es elegante. Tiene el perfil noblemente curvado, como los gatos de las tumbas. Cuando se sienta enderezada, con las patas puestas de lado, mirando, o se agazapa, con los ojos semivelados, se la ve calma, remota, absorta en un desconocido rincón de su espacio interior. En estos momentos resulta sombría, inspira temor. Y es negra, negra, negra. Relucientes bigotes negros, pestañas negras, ni un solo pelo blanco en todo el cuerpo. Si quien diseñó la gata gris fue un genio de la sutileza, de los pequeños detalles, el de la gata negra da la impresión de haber afirmado: Crearé un gato negro, la quintaesencia del gato negro, del gato de Ultratumba".


Doris Lessing. "Gatos muy distinguidos". Barcelona, 1986. Editorial Laia. Página 59

El dibujo es un apunte al natural en la libreta.

Abrazos


Un abrazo para recibir,
para abarcar almas,
para acoger sentimientos.

Abrazos para acercar,
para decir adiós,
para renovar caminos.

Abrazos para los perr@s,
para los cuellos de los caballos y de los burr@s,
abrazos pequeños para los gat@s.

Un abrazo para tí,
para quien es igual a mí,
y también diferente.

Un abrazo es un lazo
que nunca ata.

Carta del perro desde la naturaleza


Queridas gatas y gatos de la casa en el aire:

Aún con el grato recuerdo del calor del hogar junto a vosotros, os quiero contar lo que me estoy encontrando estos días durante mis correrías por el monte.

Todo lo que me rodea parece estar a punto de cambiar, se siente alrededor una especie de tensión contenida, como si fueras a parpadear y, al abrir los ojos, te encontraras en un mundo diferente. Parece que el mundo está en un tris de despertarse. Esto sí que es el anuncio de un nuevo año, y no aquellos días oscuros y fríos en los que los humanos lo celebraron.

Ahora, todo a mi alrededor parece nuevo. Si miro hacia el cielo, atraído por un sonido que me pareció al principio el ladrido de un millón de perros, veo cientos de grullas graznando, surcan el cielo dibujando figuras con trazos cambiantes y negros.

¡Y qué contaros de los olores! Aquí y allí, en las márgenes de los caminos y en las colinas, me encuentro con la flor blanca de las almendreras, son como besos redondos, alegres, brillantes, radiantes y luminosos en el paisaje verde. Y en su entorno no puedo captar ningún otro olor, tan intenso es su aroma.

Junto al río que baja riéndose, los sauces empiezan a llorar sus lágrimas verdes. Pero son lágrimas de alegría, porque el sol vuelve a brillar intensamente.


Es la naturaleza, amigas y amigos, que canta, ladra y silba, al principio en voz bajita, pero cada vez más fuerte, y os puedo asegurar que casi siento bajo las patas cómo tiemblan las raíces con renovado afán de hacer crecer árboles y plantas. Os lo cuento a vosotros, queridas gatas y gatos, porque me temo que la mayor parte de los humanos no sabría de qué estamos hablando, de este tiempo que se renueva a sí mismo, como siempre, en el ciclo de la naturaleza; ¡qué lástima que ellos se lo pierdan dentro de los pisos, las oficinas y los centros comerciales, bajo las sombras de los edificios que ocultan hasta el cielo!

En fin, nosotros, a lo nuestro, que para eso somos animales no humanos.
Con mis mejores deseos, vuestro amigo

el perro.

Al lado del fuego

Aunque afuera el tiempo es bueno, en el estudio aún hace mucho frío. Por eso dibujo al lado del fuego. Me gusta escuchar cómo crepita la leña al arder. Es un susurro parecido al que se oye cuando el lápiz rasga el papel, o cuando se pasa un pincel ancho sobre la superficie seca.
Fadagris dormita detrás de mí.

¿El tiempo pasa?

A veces no es tan dificil experimentar el paso del tiempo.

Me doy cuenta de cómo cambia cuando bebo una taza de te verde con jazmín. Las flores del verano se han secado ya.

O cuando empiezo una nueva libreta de dibujos. La última es pequeña y tiene las tapas rojas.

Abuela Gata me mira con sus enormes ojos azul cielo. Me dice que lo màs importante en este momento es que me siente en la mecedora, junto a la estufa de leña.

Ella, entonces, como ha hecho cada día de invierno desde hace no sé cuántos años, se subirá a mis piernas, se acurrucará, se dejará acariciar, y ronroneará un rato antes de dormirse.

Su último escondite

Asomaban las dos patas blancas y la punta de la cola, por debajo de la cortina. La cortina era en realidad la funda de un almohadón colgada en la puerta de la casita donde vivía, como una cortina para protegerla del viento. El cierzo se cuela por encima de la tapia del huerto, choca contra el muro cubierto de hiedra y, de rebote, hace un remolino en torno al viejo alberjero. Es entonces cuando trata de meterse dentro de la casa verde. Boira llevaba varios días allí dentro. Se asomaba un poco a la entrada, para retozar al sol, y volvía a esconderse. Pero no me extrañó demasiado. Era bastante solitaria.

Cuando ví sus patas y el extremo de su cola, esa cola que tanto recordaba la de un visón, pensé que dormiría. La llamé varias veces. Las demás gatas y gatos estaban ya comiendo. Era raro, demasiado raro, que ella no saliera, aunque a veces, cuando estaba enfadada con Culibilla, le poníamos su comida aparte, para que no riñeran.

Cuando mi mano se acercaba lentamente para tocarla, yo ya sabía que estaba muerta. Es muy dificil, por no decir imposible, coger la zarpa de un gato sin recibir un arañazo. Boira no se movió.

Levanté la cortina para verla. Su postura era la de una gatita dormida, plácida, feliz. Ni un gesto de sufrimiento. No tenía la cara como su hermano cuando encontramos su cuerpo en posición de correr, en medio del campo.

Esa postura suya me ayudó a sobrellevar los siguientes minutos en los que me enfrenté al rito de enterrarla bajo el rosal, justo allí donde había nacido, allí donde jugó, desde donde subía a la tapia para pasear por los tejados, muy cerca del tronco nudoso de la parra a la que con tanta facilidad trepaba.

Me acompañaron su hermano Baco y Zipi II. Miraban mientras yo lloraba y cavaba un hoyo que fuera cómodo para acoger su cuerpo tal y como nos lo había dejado. La acaricié varias veces, culpándome por todas las ocasiones en las que no lo hice, aunque nunca se acaricia lo suficiente a una gata cariñosa. La tapé con una tela morada de Isamar, que habíamos usado para pintar. A Boira le gustaba mucho subirse a la mesa mientras dibujaba. Pusé encima un ramo de hiedra, porque en verano, en las horas de más calor, Boira desaparecía bajo el follaje, oculta como una pequeña "fada". Creo que, en realidad, siempre jugaba a esconderse.

Eché la tierra encima e hice un círculo de piedras.

En ese momento apareció detrás de mí una gatita siamesa con la cola retorcida y los ojos azules. Creí en la magia, una vez más. Boira también tenía los ojos azules.

Boira, la pequeña y blanca Boira, ahora sigue durmiendo escondida bajo la tierra oscura, en ese rincón del huerto en donde el sol calienta durante más rato.

Mientras, otra gata que aún no tiene nombre, corretea por encima.

Cuando una gata lee


A veces se lee un libro como quien entra en un sueño, se despierta, y tiene la sensación de que solo han pasado unos segundos. Sin embargo, en la memoria se desperezan ciento una imágenes maravillosas del sueño terminado. ¿Cómo he podido vivir tanto en tan poco tiempo?

Me sucedió con El Consuelo, de Anna Gavalda. Lo leí este verano en un fin de semana.

Quizá porque uno de los escenarios en los que transcurre se parece mucho a mi propio hogar.

Quizá porque las personas que aparecen se relacionan con los animales no humanos dentro de un fantástico paraíso de amor, respeto y libertad.

Quizá porque hay tanta diversidad como en la misma vida, tanta desesperanza y tantas posibilidades de recomenzar.

Quizá porque los personajes tratan a la muerte de tú a tú, a los ancian@s como seres todavía "útiles" en las relaciones humanas, y a los niñ@s y jóvenes como personas "completas".

Quizá porque cuando uno ya no busca nada, ya está de vuelta de todo, entoces va, y encuentra.

No suelo comentar libros en este blog. Pero no sé por qué, me apetecía contaros algo sobre éste. Lo único que no me gusta es el título, porque hace referencia a una palabra francesa que designa a una partida de cartas que va después de la de la "revancha", una partida que se juega por jugar, sin ganadores ni perdedores. La traducción se aproximaría más a la consolante, o a la consoladora, pero claro, no suena bien en castellano.

Mi gata Fadagris me acompañó durante muchas horas de lectura, y a ella le gustaron especialmente ests párrafos:

"Cuatro minúsculos gatitos escondidos debajo de un coche muy viejo... Los niños se volvieron locos con ellos. Le preguntaron si los podían coger en brazos, y nos fuimos todos a jugar en el césped que había detrás de la casa.
Mientras se diverían con los animalitos como si fueran golosinas, el viejo y yo nos sentamos en un banco. El hombre tenía al perro en su regazo mientras se liaba un cigarrillo. Sonreía mirándolos y me felicitó: yo también tenía una camada bien maja... Me eché a llorar al instante. Tenía un montón de sueño atrasado, no había hablado con un adulto amable desde... Ellen, así que se lo conté todo.
(...)
Ese señor René, con sus gallinas, sus vacas, el viejo caballo que le habían encargado que cuidara, su perrito y su caos enorme se convirtió en nuestra nueva familia. Por primera vez, me sentía bien. Protegida. Tenía la impresión de que nada malo podía aguardarnos detrás de esas tapias, que el resto del mundo estaba al otro lado del foso…"págs.402-403.

Carta de una gata feliz


En el viejo huerto donde vivo encuentro todo lo que deseo: fresca hierba donde tumbarme, mientras el sol me calienta, el tronco de la figuera, rugoso, viejo y gris, como una anciana que me acoge, me acuna, me proporciona escondite y me aúpa hacia el mundo de los tejados, el tronco del alberjero, mi amigo con quien ya jugué de chiquitina, y donde ahora trepo para llegar a la tapia, los divertidos troncos de la vieja parra, un laberinto amarrado a las piedras del tapial, un mundo de senderos verticales de cálida madera y fresca sombra de las hojas de la vid. Y siempre estoy arrullada por el ronroneo particular de los insectos alados, que compiten con nosotr@s en sonidos de calma acunando el aire cálido del mediodia...

Nuevo libro

Con ayuda del Maestro Silbanus, terminamos la ilustración para el libro "27 palabricas". El cómo se hizo puede verse en la mesa de dibujo de Chema Lera.

Para celebrarlo cambiamos el fondo del blog Gatoporlibre y ponemos esta maravilla que ha hecho aparecer la varita mágica de la fada amiga Luisa Covelo. ¡Mil gracias por el regalo!

Curioseando la mesa de dibujo

¡Qué revuelta está la mesa de dibujo!

Primer día de primavera

Boira. Blanco de primavera 2010.

Detrás de la ventana

Las tapas de un libro ilustrado son ventanas hacia afuera, abiertas al color, a la imaginación, al mundo de los sueños, al cielo de los niñ@s.
Las ventanas del estudio del ilustrador son tapas de un libro cerrado que se va escribiendo día a día, hora a hora, pincelada a pincelada, en el silencio de papel blanco.
Detrás de esta ventana donde se ha subido el gato Baco está la mesa de dibujo del ilustrador. Si queréis echar un vistazo detrás de los cristales, estáis invitadas (e invitados).

Cuentico contau, sen ba o fumo por o tejau

Ardía el fuego en el hogar. Las chispas brillaban en sus ojos dorados. El gato Silbanus nos contó entonces un cuento de Javier Villafañe, y el juglar Chema Lera le puso un dibujo :

LA BRUJA ANCIANA

Se me fatigaron los ojos.
Me tiemblan las manos.
Temo marearme y caer de la escoba.

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-¿Y quién es Javier Villafañe?
-Es un titiritero que sigue viajando por las estrellas. Un sabio de blanca barba que aconsejaba "vivir sin odios (si se puede), amar mucho, entenderse con los perros, tirar cosas al mar (relojes, por ejemplo) para enloquecer a las sirenas, caminar bajo la lluvia, tener plantas y otras cosas por el estilo".

(Entre comillas y comidillas pusimos un texto tomado del prólogo de Laura Devetach al libro Don Juan el Zorro, que está aquí http://www.educared.org.ar/biblioteca/guiadeletras/?cat=9 Para saber más de Javier Villafañe, el titiritero, se puede leer aquí: http://www.imaginaria.com.ar/03/8/ancianos.htm
El cuento de La bruja anciana está publicado en una vieja revista llamada Caracola)

Gatas y magos lectores (I)


En una apacible tarde lluviosa, la de ayer, hablábamos sobre libros. Sí, a las gatas (y a los gatos) nos apasiona la lectura. Posiblemente nunca hayáis visto a un gato leer, pero eso no es nada raro. Las gatas y gatos somos especialistas en vivir una doble vida: una , la vida que mostramos a los human@s y a otros animales no humanos, y dos, esa otra misteriosa vida en la que nos movemos subrepticiamente, ocultos a todos los ojos que no sean felinos. ¿Acaso alguna vez nos véis cuando viajamos con las bruxas? ¿O cuando nos dejamos acariciar por los fantasmas que viven con vosotros, sin que seáis capaces siquiera de adivinarlos? Pues para nosotr@s, hallar rincones ocultos para dedicarnos a leer es algo muy sencillo. ¿No os habéis dado cuenta de cómo a los gat@s nos atrae la calidez de las cubiertas de los libros? Mirad aquí a Fadagris, acomodada en las estanterías, por ejemplo.

Acabamos de leer "El Nombre del Viento", otro día os contaré algo más de este libro tan interesante. Es uno de las muchas historias protagonizadas por seres humanos versados en la magia, en la sabiduría oculta. Por alguna razón, nos atraen los magos como personajes: quizá porque ellos son capaces de convertir en realidad lo que sólo existe en la imaginación, quizá porque proyectamos en ellos ese deseo...

Pero, queridos amigos felinos y humanos, el verdadero mago es el lector, la lectora. El poder del mago lector le lleva a atravesar los límites de la realidad, va más allá del papel. El mago lector atrapa a los personajes fantásticos y los dota de realidad en el mundo de su mente. El mago lector vive otras vidas, se convierte en los personajes leídos, sueña sus sueños y sufre sus mismos sufrimientos. He aquí el poder de la lectura, tan grande como la mayor de las magias.

Dibujando al calor del fuego

Vuelven la nieve y los recuerdos. Hemos encendido el fuego y parece que reiniciamos el ciclo... como cuando dibujaba Dora soñadora en el rincón junto al hogar, ahora hará casi un año.


Nos empeñamos en vivir a plazos y así nos vamos comiendo el tiempo. En un mes tal o cual aniversario, en una semana, el finde, en un año, la Navidad... y vuelta a empezar. La sociedad nos obliga a compartimentar nuestra vida.

¿Por qué no dejamos de contar de una vez por todas los días, los meses o los años y permitimos que el eterno péndulo de la naturaleza nos acune mientras vivimos? Porque, ¿cuánto dura el instante de una lectura junto al fuego, con un gato en el regazo? ¿Cuánto tarda en tornarse roja la hoja verde de la parra otoñal?¿Tienen tiempo los pensamientos?

Una caja soñadora

Una vez llegó una caja.

Todas las cajas encierran un misterio.

Hasta que se abren.

Pero esta caja siguió siendo un misterio una vez abierta.

Porque comenzaron a salir gat@s de ella.

Y gat@s.

Y más gat@s.

Naranjas y negros.

Gatos gemelos.

Gatos siameses.

¡Una caja no podía albergar tanto gato!

¿Qué había allí dentro?

¿Véis?

Dentro de la caja había un sueño.

El sueño de una niña llamada Dora.

Dora soñadora, ayer y mañana


Parece que fue ayer cuando estaba haciendo la ilustración de la portada bajo la supervisión felina correspondiente. En el mágico universo del papel, la pequeña Dora dormía plácida, acunada por el vaivén de la luna menguante, mientras su gata atisbaba, a escondidas, algo o a alguien más allá del halo de luz lunar...
Hoy sé que Dora soñadora ya existe como libro, pero aún no lo he podido ver, y eso me produce una extraña sensación. Me siento como quien espera en un andén a alguien al que conoció tiempo atrás, y teme no reconocerlo de nuevo con la misma emoción, con los mismos ojos de entonces. Como el alquimista a punto de añadir la última gota de la poción sin haber visto nunca antes el resultado de su experimento, o el bruxo que pronuncia el maleficio recién leído en el Libro Verde sin atreverse a modular la última sílaba...
O como el gato a punto de abrir los ojos después de un largo sueño, en medio de la noche bajo la sonrisa de la luna...

Dibujando bajo la atenta mirada de los gat@s



Tanto dibujar rodeado de gat@s, tenía que pasar: mi próximo libro está lleno de ell@s, con una preciosa gata como coprotagonista, ya os contaré.

(Falta muy poco para que aparezca, a veces he tenido la sensación de haber pasado por un largo embarazo, haber parido y luego, la criatura, desaparecía del nido sin verla... los libros de papel tienen ese inconveniente, parecen diluirse momentáneamente, durante meses, desde que palabras y dibujos salen del estudio para ir a la imprenta hasta que puedes recuperarlos en forma de volumen. Patricia, la editora, me asegura que pondrá la criatura en mis manos de aquí a unos días, tengo tantas ganas de verla...)

Por cierto, estos dos curios@s gat@s hicieron lo que es costumbre en ell@s: primero querían salir fuera de la ventana, en cuanto lo lograron, se pusieron a llamar al cristal para volver a entrar al estudio, y así una y otra vez, ¡hasta que comenzaron a volar papeles y dibujos! (la casa está en el aire, por si no alguien no lo sabía) Menos mal que en ese momento trabajaba los bocetos en el cuaderno y el viento no logró arrebatármelo.


Como esta circunstancia se repite a menudo, resulta que cuando alguien entra en mi estudio de la casa del aire, tiene muchas probabilidades de que algún dibujo revolotee en torno a sus narices, o de ver un gat@ intentando atrapar entre sus zarpas, en lugar de una mosca, un trozo de papel de colores...

A una gata gris


Gata gris, perfecta, exquisita como una reina; gata gris con posaderas de leopardo y serpiente; amagos de mariposa y lechuza; león en miniatura con aceradas garras listas para matar, gata gris llena de secretos, de afinidades, de misterios...

Doris Lessing. "Gatos muy distinguidos". Barcelona, 1986. Editorial Laia. Página 50


Dedicado a nuestra mamá Boletta, la anciana gata superviviente.